La Montaña
Hace mucho tiempo emprendí un viaje a través de una montaña.
Éramos varios, nuestras ropas estaban hechas con pieles de color blanco y negro;
zapatos también. Había nieve en el suelo y en el revestimiento de los Pinos.
Subimos por un sendero de roca gris, por el que descendían venas de agua; a
nuestra izquierda la ladera de la montaña llena de pinos, se veían otras
montañas y riscos en la parte más baja, cubiertos de nieve y césped.
Casi llegando a la cima vimos una construcción tallada en
piedra negra grisácea, tipo volcánica. El piso era plano, como si lo hubieran
tallado, un poco desnivelado por la erosión del agua que corría alrededor.
La construcción era de una sola pieza, los costados lisos,
tallada correctamente como en Egipto. Tenía unos ventanales rectangulares, las
puntas eran curvas, el vidrio era ahumado y, al reflejar el sol, se ponía de un
color naranja amarillento. Apenas podía verse su interior. En la parte lateral
había un techo soportado por dos columnas; junto a los ventanales había una
puerta metálica de color negro opaco y un panel de roca rectangular, a la
altura de nuestro abdomen, sobre él una chapa metálica con pequeños botones y
un código para abrir la puerta.
La construcción no me resulto desconocida; también sabíamos
cómo acceder. A través de la ventana se veían unas figuras humanoides caminando
en el interior. Algunos dijeron que siguiéramos nuestro camino y otros que los
ayudáramos a salir. Abrimos la puerta y comenzaron a salir. Eran muy altos y
musculosos; su fisionomía era como de un hombre de Cromañón o Neanderthal; el
cabello era corto, con rizos enmarañados de color marrón y amarillo.
Se pusieron agresivos, violentos. Tratamos de desplegarnos,
pero eran más ágiles, rápidos y fuertes. Uno de ellos, le pateo un tobillo a
uno de los nuestros,