viernes, 2 de septiembre de 2016



La Montaña

Hace mucho tiempo emprendí un viaje a través de una montaña. Éramos varios, nuestras ropas estaban hechas con pieles de color blanco y negro; zapatos también. Había nieve en el suelo y en el revestimiento de los Pinos. Subimos por un sendero de roca gris, por el que descendían venas de agua; a nuestra izquierda la ladera de la montaña llena de pinos, se veían otras montañas y riscos en la parte más baja, cubiertos de nieve y césped.
Casi llegando a la cima vimos una construcción tallada en piedra negra grisácea, tipo volcánica. El piso era plano, como si lo hubieran tallado, un poco desnivelado por la erosión del agua que corría alrededor.
La construcción era de una sola pieza, los costados lisos, tallada correctamente como en Egipto. Tenía unos ventanales rectangulares, las puntas eran curvas, el vidrio era ahumado y, al reflejar el sol, se ponía de un color naranja amarillento. Apenas podía verse su interior. En la parte lateral había un techo soportado por dos columnas; junto a los ventanales había una puerta metálica de color negro opaco y un panel de roca rectangular, a la altura de nuestro abdomen, sobre él una chapa metálica con pequeños botones y un código para abrir la puerta.


La construcción no me resulto desconocida; también sabíamos cómo acceder. A través de la ventana se veían unas figuras humanoides caminando en el interior. Algunos dijeron que siguiéramos nuestro camino y otros que los ayudáramos a salir. Abrimos la puerta y comenzaron a salir. Eran muy altos y musculosos; su fisionomía era como de un hombre de Cromañón o Neanderthal; el cabello era corto, con rizos enmarañados de color marrón y amarillo.
Se pusieron agresivos, violentos. Tratamos de desplegarnos, pero eran más ágiles, rápidos y fuertes. Uno de ellos, le pateo un tobillo a uno de los nuestros,
con tanta fuerza, que dio una vuelta en el aire. Comenzaron a golpear y a comerse a todos. Yo comencé alejarme hacia atrás, despacio. Me comenzó a doler el pecho, la respiración se tornó más acelerada y mi corazón bombeaba muy rápido. El miedo y el terror se apoderaron de mí, casi no podía desplazarme. La escena era tan terrible que apenas podía moverme. Uno de ellos se paró en su lugar, me miró y sin dudarlo vino corriendo de frente hacia mí. Lo agarré por la ropa desgastada, por el pecho y con su mano derecha me golpeó la cabeza con una roca. Caí de espaldas sobre el agua fría. Los oídos me zumbaban, los sonidos se escuchaban a lo lejos por el golpe. Perdí el conocimiento por un rato, pensé que había muerto. Abrí mis ojos y no podía moverme, me sostenía con mucha presión con sus manos hacia abajo y con su rodilla en el mi pecho, contra el suelo y el agua helada, cubría mi cuerpo, estaba temblando. Creo que por el golpe y el frío no podía sentir que me estaba comiendo, despedazando mi carne, nunca había visto tanta sangre, un mordisco muy profundo a la vez. No recuerdo nada más.
Esta vez no volveré a casa.

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